viernes, 15 de abril de 2022

Noche Jesús, noche de preguntas

El Señor procesiona por la pantalla plana. Y por las calles de mi alma lo hacen sentimientos encontrados. Es Noche de Jesús ésta en la que sigue ocurriendo, y ya se nos está yendo la Semana Santa del reencuentro con las cofradías, algo muy extraño. Difícilmente explicable.

Más allá de la tele, parece que existe aún el repeluco de lo popular al servicio de una trascendencia tan necesaria para todos. Más acá, tres años después de la última como Dios manda, sigo sin esa epifanía de aquello de siempre. Llego a esta noche, de hecho, con vacíos de dudosa reposición.

Aferrado a esa fe que sí que es inquebrantable, alcanzo el momento vital de la ausencia del miedo a las preguntas. Y van surgiendo una a una, como procesión de penitentes de un valiente recorrido por las cuestiones que de verdad son importantes en la vida. Era solo cuestión de atreverse.

Y la mirada se aferra a la serenidad. Me empeño pero siempre habrá un 'marquillo' presto a jalar porque le sale del alma. E impongo la reflexión sobre lo importante, mal que me pese que mi abundamiento en todo aquello que me hace feliz sigue haciendo rafting por aguas procelosas.

¿Son cosas mías o el virus y sus consecuentes restricciones de tanto tiempo se ha llevado por delante una parte sustancial de aquello que me ataba a las cosas, a las costumbres, a las tradiciones? Aún falta la Pascua. Lo cierto es que ahora que se puede no estoy en la calle esta madrugada. ¿Por qué? Qué sé yo.

domingo, 27 de marzo de 2022

Agarrado a la zambrana, por fuera

Es IV Domingo de Cuaresma. En dos semanas, Domingo de Ramos. Tiempo de esperanzas e ilusiones, sensaciones y escalofríos, realidades y leyendas. Leyendas... Sí, esos celofanes que envuelven los hechos de modo que, al trasluz, hacen bello lo doloroso.

Permitidme el relato de los acontecimientos que envolvieron a un costalero entusiasmado con el papel que le correspondía una vez llegado el momento. De cómo igualó con expectación y metió hombros con gallardía. De cómo vivió aquello para lo que creyó nacer.

Se entregó con tanto denuedo que, seguramente, no midiera las fuerzas que regalaba con derroche. El de arriba, Aquél al que portaba sobre la canastilla con tanta fe, le ayudaría cuando flaqueara, cuando tocara que el peso se le viniera con mayor acritud.

Las chicotás fueron llevándole paulatinamente desde la ilusión hasta el resoplo, desde el cansancio hasta la inquietud, desde el apretón de dientes al marasmo. Es cierto que habían pasado ya muchas horas. Pero no concebía perder disfrute durante ese camino de gloria.

Llegó, sin embargo, el triste momento que venía temiendo desde que se inició el regreso al templo. Lo evitó con rabia. Quiso borrar la tentación de su mente. Pero los acontecimientos se aliaron en su contra. Y el cuerpo cedió irremisiblemente.

Pidió salir del paso. Pero nadie lo entendió. Clamó su debilidad. Pero nadie lo escucho. Exclamó con urgencias su estado. Pero nada hacía ver que los compañeros de cuadrilla fueran jamás a comprender su hundimiento. Y, cuando hubo de salir, cundieron los reojos.

Se agarró a la zambrana y, sin soltarse, quedó en el lateral del paso. Seguía aferrado a ella desde fuera. Y no se soltó en todo el camino. No quería estorbar, por eso pidió el relevo. Y tampoco lo quiso cuando las levantás o las arriás pedían que se soltara estando fuera.

Allí, sin que nadie supiera de su presencia, continuó ayudando una vez también los compañeros se vieron envueltos en la debilidad. Eran tiempos de losa a losa y no cabían más esperanzas que las que el Señor infundiera entre su gente de abajo.

Cuando más hizo falta, más carne puso en el asador desde fuera, agarrando para que no se desplomara el paso. Jamás desde dentro hubiera podido ser más útil que lo estaba siendo así. Mientras, en el interior, los compañeros encendían de ira sus reproches.

Jamás habló de esa ayuda ni contestó a los reproches. Nunca urdió lavados de imagen ni tuvo otra cosa en su corazón sino el amor a los de dentro y la gratitud a Cristo que, en su Pasión, Muerte y Resurrección, tanto le sigue dando. Jamás soltó la zambrana. Hoy es feliz.

domingo, 20 de febrero de 2022

La dominación, eso sobra

"¿Qué hacemos ahora, destruimos nuestras ciudades?" El personaje que interpreta Cuba Gooding Jr interpela al de Antony Hopkins. Es un psiquiatra en activo en una prisión norteamericana de alta seguridad llena de enfermos mentales mal tratados.

"¡La dominación, eso sobra!", es la respuesta del antropólogo encerrado por asesinar a quienes agredieron y esquilmaron la comunidad de gorilas en la selva de Ruanda con la que convivió. Creen que su problema es que se cree uno más de aquellos animales.

Eso es lo que sobra. La impostura de una supuesta necesidad de tenerlo todo bajo control. El profesor del papel de Hopkins es un sabio de la vida y de lo que de verdad importa. Pero lo creen un gurú de la imposible regresión hacia el modo de vida del hombre hace miles de años.

Pero es con ellos, con los gorilas, con quienes aprende tolerancia. Sostiene que no lo aceptaron por creerlo uno de los suyos sino porque, sabiéndolo humano, no se acercó a ellos como lo hacen habitualmente. Los asesinados por él, por ejemplo.

Y te quedas cavilando. No porque te veas a diario en la necesidad de tratar con gorilas. Pero sí porque a veces se topa uno a quien pasaría bien como autor de la matanza de esa tolerancia. Nadie como Hopkins y Cuba para dar la talla de semejantes caracteres.

La peli de Cuatro de esta tarde ('Instinto', 1999) me trae al blog con el entusiasmo de quien ha disfrutado de la historia. La acción (tanto en la selva de Ruanda como en la otra selva de la cárcel) me trajo. Pero es el cambio de talante al que invita lo que me ha hecho permanecer.

domingo, 13 de febrero de 2022

Los ajos del hijo del Venancio

Anoche escuche al hijo del Venancio. Qué gozo más grande. Así lo sueño yo cuando me toque ser mayor. Humilde hasta la aspereza, brutal en su elocuencia, cabal a manos llenas...

Qué modo de imponer que cesara la ovación que estaba recibiendo por el Goya. Le sale el sobrio hijo de Chinchón y todo éxito se le queda en una buena cosecha de ajos.

La última película que le he visto tiene que ver con aquello de encaminarse hacia el final de sus días: 'El muerto y ser feliz'. Vaya peli. Decrepitud estética y moral. Cuánta verdad!

Y anoche, antes de coger su cabezón de honor, la gran pantalla del escenario de Valencia enseñaba su amplísima filmografía, sus comedias, sus dramas, sus cosas todas...

Ya advertía el interfecto en la alfombra roja que todo aquello se le escapaba, que los ruidos y postureos no iban con él. Aunque no lo dijo así, que es sincero pero educado.

Pero yo lo supe interpretar. Enjuto de cuerpo, de rigores faciales muy expresivos y de una profesionalidad incomparable, Pepe Sacristán está de vuelta. Y da gusto escucharle.

Pero, atención, que escucharle no es sólo colocar el halago previo en los labios como la cruz de guía bajo el dintel a la espera de la salida. No. Terminaría dándonos un capón.

Me está pareciendo que, por momentos, se acerca cada vez más a los "a la mierda" del maestro Fernán Gómez. Y me encanta. Me encanta porque escucharlo es otra cosa.

El hijo del Venancio parecía ayer solo dispuesto a explicar al progenitor asomado al balcón del cielo que no había tenido mala cosecha. Cosas de él. Cosas de Chinchón.

Cosas de esa honradez que ya no se lleva y que se reviste de sobriedad clamorosamente tentada a la mala respuesta para aquellos que se lo merecen. Cuánto te admiro, Pepe!