domingo, 1 de abril de 2018

Piedra corrida, sudario en el suelo

Huyendo de tinieblas vengo siendo eterno converso. Por ello, esta noche de piedra corrida y sudario por el suelo, quiero hacer de mi palabra el lucernario que achique sombras que aún quedaran.

Y, al precio de la prosa reflexiva, naveguen las verdades del naufragio. No haya rastro alguno que señale las marcas del salitre y la marea, elegías certeras del cruento combate de la edad.

Las llamas crepiten la derrota, en el cubo de cinc de tal reducto, de las tablas que incandescen la memoria de los clavos y martillos que violaron la limpia nobleza del madero que esta noche arde.

Albricias de una gloria que adolece de pasiones que dobleguen sin demora creyéndose caminos que a otro tocan y que osan calibrar sin calzarse botas de la talla de aquél a quien invocan.

Pero el que resucita tapa bocas sin altanería farisea. El que alza su planta del sepulcro silencia la patraña y la falacia. Quien abandona la muerte goza y da gozo al inerte del alma que clama vida eterna.

jueves, 29 de marzo de 2018

Pasen los negros nubarrones

Que el Altísimo nos cubrirá con su sombra, parafraseo desde los evangelios, es la mejor interpretación para los negros nubarrones que asoman en la aplicación de mi móvil para esta inmediata madrugada.

Con la fe de la que afortunadamente dispongo y la actitud de espíritu con la que llego a esta Semana Santa, lo primero es algo innegable. Lo segundo, por contra, es algo que todos esperamos no ocurra. Sea lo que Dios quiera.

Pero los riesgos no son malos. Ponen en guardia. Los que apuntan lluvia, por ejemplo, nos hacen prevenidos. Ya se bromea, o quizá no lo sea, con que según qué cofradía habitualmente medrosa tuviera decidido no salir.

Advertir riesgo es siempre causa del training necesario para ser mejores en aquello sobre lo que seamos llamados a prestar mayor atención. Y me preparo para revestir el alma del hábito de la templanza y el compromiso.

Que los negros nubarrones pasen de largo y se nos permita transitar por la vida con el ánimo de esa felicidad compartida que nos lleve hasta el cielo prometido, aquél que tú y yo soñamos un día y construimos a diario.

sábado, 24 de marzo de 2018

Sujétame

Hay manos que empujan al vacío y otras que se apresuran a agarrar a quien zozobra. Manos que se elevan presumiendo méritos o que bajan sutiles a lugares más discretos. Unas que aplauden victoriosas y otras que apenas pueden tapar ojos llenos de lágrimas.

La misma Virgen enseña la mano izquierda sujetando la sábana de la mortaja cuando, realmente, es ésta otra la que de verdad sujeta con la firmeza necesaria el cuerpo muerto de Cristo. Pero la imprescindible apenas asoma su eficacia, sus arrestos.

Como la vida misma, el Domingo de Ramos pone ante nuestros ojos una enseñanza sustancial con la que afrontar los conflictos que la existencia nos presenta: la virtud que se enseña complacido es, quizá, la menos benigna. Atento al apoyo discreto pero veraz.

A unas horas de vestir la túnica nazarena medito ante la foto. No es más que un detalle que llama mi atención ahora más que en pleno encuentro con Ella este Viernes de Dolores. Pero lo cierto es que nunca es tarde para fijar objetivos y admitir certezas.

Sujétame, Señora, como a Él. Agarra todas mis debilidades. No dejes que caiga en el vacío. Delega en quien ya sabes, que sus manos son tan mías... Permíteme sentir seguro, ahora y en la hora de seguir adelante en la procesión de la vida. Amén.

lunes, 19 de marzo de 2018

Hace tiempo

Hace tiempo que no me siento contigo en aquella playa en la que la marea era amable, sobria pero apacible. Allá donde las reflexiones fueron alguna vez serenas, sensatas y sanamente comprometidas.

Hace tiempo... sí. Y es tiempo que no arde en el ardid de una fuga hacia adelante, de ésas con las que llegaramos a creer que las cosas tomaron el rumbo de un adiós irrevocable. No arde, es ignífugo, como el amor verdadero.

Hace tiempo, y tiempo es lo que faltó en su día para hacerme entender entre un laboreo incesante que también entendí que era estar contigo. Nadie lo hacía. Yo debía hacerlo. Aunque me separara de ti y tus quehaceres.

Hace tiempo que la hora de la espera de un conato de verdad fuera respuesta al vacío inmenso que dejan tus silencios. O los míos. O los de todos cuantos sabemos que esto no conduce a ninguna parte, que la vida sigue.

Hace tiempo que el tiempo no importa. Que las cosas que no quisiste escuchar siguen bramando sinceridad. Que lo ignorado no esclarece entuertos del sentimiento. Que lo que había de pasar no depende de porqués.

Hace tiempo. Sí que hace tiempo que debí, debiste, debió, debimos, debisteis y debieron. Sujetos es lo que sobra para las acciones que nunca llegaron. Y lo que importa y se aplaza ad eternum es lo que quema en el alma.

Hace tiempo que el padre que tuve, y que tengo, calma. Que el padre que fui, y que soy, clama. Que el padre que serás, y cuya condición no calculas, calla mientras sigo sentando mis ganas de vivir sobre la arena.

Hace tiempo de un tiempo para la conciencia sobre un tú y yo que no sobra, sobre un yo y tú que nos falta, sobre un ellos que nos resbale por las enaguas de la turbidez y la bruma. Hace tiempo. Mucho tiempo.

sábado, 17 de marzo de 2018

Prisión permanente revisada

No debo comenzar a escribir con un "no encuentro palabras". Es declaración de incapacidad improcedente cuando sólo me impulsa, de un tiempo a esta parte, la necesidad de comunicar convicciones claras.

Pero sigo sin localizar el verbo adecuado tras el debate parlamentario para la derogación de la prisión permanente revisable. Pese a que entiendo la actitud de personas de compromiso firme con la reinserción.

Tengo amigos que trabajan más allá de las rejas como responsables o colaboradores de la Pastoral Penitenciaria. Y la esperanza preside esa labor que, de otro modo, no tendría sentido. Estoy convencido de ello.

Pero lo revisable debiera ser garantía de análisis sensato y, por ello, causa objetiva de consideraciones optimistas para todos: los reclusos, los que creen en la conversión y quienes en la calle temieran reincidencias.

Por lo demás, no utilizaré el nombre de ese ángel tocayo mío almeriense ni tampoco el de otras tantas víctimas de lo más descarnado y ruín del género humano. Que mi conmoción no me lleve a ello, por Dios.

Pero tampoco me callaré ante quienes, desde atril parlamentario y en representación de los ciudadanos, puedan llegar a ser tan grandes hijos de puta. Con el debido respeto para las señoras que se dedican a ello.

martes, 13 de marzo de 2018

Al día siguiente no murió nadie

Saramago reafirma mi talante descuidado ante el final de la vida. Convertir su acción, o esa hipótesis de inacción absurda e intermitente, en un juego casi simpático, de los que hacen pensar en el óbito con más curiosidad que miedo, subraya lo que desde hace tiempo reflexiono al respecto.

Pudiera parecer el desparpajo provocador en el que uno ha caído desde cierta actitud adoptada ante la vida de un tiempo a esta parte. Pero no lo crea el lector que gusta de escudriñar en mis entrelíneas. Lo cierto es que hace tiempo que pienso en el deceso propio sin estremecimientos ni recelos.

Tampoco caiga en el error de interpretar fatalismo alguno en mis palabras. Nunca más lejos de la realidad, sobre todo cuando uno alcanza la serenidad de semejante madurez tan llena de sobresalientes efectos terapéuticos. Y lo pasado, pasado. Pesimismo al hoyo y el vivo al bollo.

Ha sido leer 'Las intermitencias de la muerte' y encontrar mi talante en el espejo que deja, negro sobre blanco, el prohombre de las letras lusas. Juguetea con actitudes tradicionales que han de sobreponerse a la sorpresa de una muerte que dejara de matar inesperadamente.

En un país sin nombre ocurre lo nunca visto: la muerte suspende su trabajo letal, la gente deja de morir. Y entonces la euforia por las consecuencias. E, inmediatamente después, la desesperación y el caos, las conciencias corrompidas y la mafia. Y ello también por sus consecuencias.

Convencidos que vejez o enfermedad eternas no son causa de alegría, sonreímos para sorpresa propia por la vuelta al tajo de la afilada guadaña y su operaria. En el otoño de su vida, maneja el autor sus emociones y parece preparar su marcha cinco años después de escribir esta novela.

sábado, 10 de marzo de 2018

Sólo es agua

Félix pugna con Emma. Y a fuerza de no querer ser menos que su antecesora, que ya me procuró un par de mojadas en la moto esta semana, llegó poniéndome 'pipando', que dice el castizo, nada más asomar ayer.

La mañana de este sabadito de pijama, escritura y cristal chorreando los efectos de la borrasca me tiene, sin embargo, complacido contemplando su asedio desde el burladero cómodo del solaz.

Sólo un grupo de profesionales en whasapp así como fotos y vídeos llenando muros en redes me sacan del calor de hogar para apuntarme situaciones y tenerme advertido de presumibles consecuencias.

Pero ya desde mi madriguera me tiene rumiando la primera de ellas: sólo es agua. No ninguneo pero sí mecanizo ese mantra que, bajo la manta de agua, necesito repetir en la moto para cultivar el aguante.

No llegará el agua a río, he creído. Pero eso ha sido hasta que he visto esta foto de Larga y algún vídeo de Villamarta. Lástima que no se lleve también ciertos humores con más efectividad que el propio asueto que disfruto.

La ciudad apura la colilla del baile inhalando las fragancias del Festival de Jerez y soñando bulerías que compensen tanta soleá en la calle. Y yo mi necesaria desconexión al son de estas palmas de nubes y viento.