
La convencionalidad de mi heterosexualidad me hace uno más enmedio de la más vulgar normalidad. Por esa vía no necesito a nadie que, alardeando de progresía y pluralidad, haga esfuerzo alguno para reconocer mi derecho a ser diferente. Tampoco me aprecio deficiencia alguna -me parece a mí- que me haga beneficiario de la complacencia de un prójimo que quiera reconocerme distinto más que incapacitado. Ni mi color de piel me hace parecer extranjero en la tierra en la que resido como para que otros me demuestren su especial capacidad de acogida. Ni hablo con más acento que el de aquí, aunque algunos que me escuchan por la radio sigan pensando que no soy jerezano. Ni tengo que ganarme el pan con ningún ejercicio profesional que se pueda considerar degradante. Ni me ha dado, desde luego, por priorizar los derechos de la mujer, aunque sean las que paren, por encima de los de los niños que se quedan en puertas de nacer.
Todos ellos, y unos lo merecen más que otros en mi modesto entender, han considerado alguna vez que tienen derecho a su hecho diferencial. Todos, unos más necesitados de esa comprensión requerida que otros, han tenido alguna vez a ajenos defensores de su derecho a ser diferente. Todos, por difícil que se haga meterlos en el mismo saco, han querido siempre que los demás entiendan de qué va su situación, cuáles son sus sentimientos, dónde su horizonte, porqué aquello que sufren o gozan, cómo viven o entienden la vida. He podido parecer un poco extrafalario a la hora de mezclar situaciones a modo de ejemplos. Lo sé. Pero no es menos cierto que la capacidad de encontrar a aquellos que contemplan, imaginan o inventan buenas intenciones parece una de las mejores virtudes de la sociedad actual. Y ello es una gran satisfacción, mal que me pese advertir la puesta en escena de alguna justificación de lo injustificable.
Bueno, pues yo también reclamo mi derecho a ser diferente. Y ello, mal que pese a algunos, tiene que ver con el terreno de las convicciones más profundas, aquellas que son atacadas con tanta facilidad desde el pensamiento único tan presente en mi querida profesión, entre otras. El ejemplo de que un post en mi blog, sólo ello, haya convulsionado del modo que lo ha hecho, para mi satisfacción por el eco alcanzado, no deja de ser un ejemplo de la falta de disposición a respetar mi hecho diferencial. Hablar en conciencia, hacerlo por escrito y no pretender representarse más que a sí mismo no merece más que la disconformidad personal de quien corresponda. Así, aunque hubiera asambleas que reafirmaran la intención de que la mayoría va por otros derroteros, mis convicciones marcarán siempre mi diferencia. E intentar conculcar ese derecho sería una incoherencia en estos tiempos de cacareado pluralismo.
Lo más grande es que, conformándose uno con ser bicho raro si fuera ello lo que me tocara, todo esto no ha venido a demostrar sino que, en el fondo, no estoy sólo. Y entre mis derechos también está el de demostrar que ello es así.
Todos ellos, y unos lo merecen más que otros en mi modesto entender, han considerado alguna vez que tienen derecho a su hecho diferencial. Todos, unos más necesitados de esa comprensión requerida que otros, han tenido alguna vez a ajenos defensores de su derecho a ser diferente. Todos, por difícil que se haga meterlos en el mismo saco, han querido siempre que los demás entiendan de qué va su situación, cuáles son sus sentimientos, dónde su horizonte, porqué aquello que sufren o gozan, cómo viven o entienden la vida. He podido parecer un poco extrafalario a la hora de mezclar situaciones a modo de ejemplos. Lo sé. Pero no es menos cierto que la capacidad de encontrar a aquellos que contemplan, imaginan o inventan buenas intenciones parece una de las mejores virtudes de la sociedad actual. Y ello es una gran satisfacción, mal que me pese advertir la puesta en escena de alguna justificación de lo injustificable.
Bueno, pues yo también reclamo mi derecho a ser diferente. Y ello, mal que pese a algunos, tiene que ver con el terreno de las convicciones más profundas, aquellas que son atacadas con tanta facilidad desde el pensamiento único tan presente en mi querida profesión, entre otras. El ejemplo de que un post en mi blog, sólo ello, haya convulsionado del modo que lo ha hecho, para mi satisfacción por el eco alcanzado, no deja de ser un ejemplo de la falta de disposición a respetar mi hecho diferencial. Hablar en conciencia, hacerlo por escrito y no pretender representarse más que a sí mismo no merece más que la disconformidad personal de quien corresponda. Así, aunque hubiera asambleas que reafirmaran la intención de que la mayoría va por otros derroteros, mis convicciones marcarán siempre mi diferencia. E intentar conculcar ese derecho sería una incoherencia en estos tiempos de cacareado pluralismo.
Lo más grande es que, conformándose uno con ser bicho raro si fuera ello lo que me tocara, todo esto no ha venido a demostrar sino que, en el fondo, no estoy sólo. Y entre mis derechos también está el de demostrar que ello es así.