miércoles, 15 de mayo de 2019

Aprender a perder lo que ganaste

Vivir es aprender a perder lo que ganaste. Lástima que uno no se da cuenta de ello hasta que la cosa se ha puesto tozuda en el empeño de seguir llenando el zurrón de lo propio. Y aún podría quedar pendiente que la bajada de tensión que alimenta hoy la felicidad no olvide hipotecas con aquellos que son los tuyos y que, sin poder permitirse tu nueva visión cincuentona de las cosas, han de seguir creciendo.

Pero vivir es, cada vez lo tengo más claro, aprender a perder lo que ganaste. Incluso incitarlo. Provocarlo. Alentarlo... Y es entonces cuando coges una camisetilla gris y, con la mochila justa, aprendes esa austeridad que depura viejas ambiciones de tres al cuarto y desvistes al hombre viejo que has dejado por el camino de las galas antiguas cuya apostura adoptada entonces igual hoy hasta me enrojecen. 

Dónde haya quedado, al llegar a esa pintoresca fuente, el impenitente dogmático que fui es un misterio de no fácil desciframiento cuando la pinta mía alcanza la gloria de terminar pareciéndose más a la de la lugareña que friega mirándome entre curiosa y socarrona. Ella me habla del tiempo. Pero sé que pulsa mi aliento, mi ánimo, mi motivación. Y lo hace tan poco pretenciosa que me invita a contarle cosas.

Albert Espinosa es un escritor prolífico que ha conseguido llevar obras suyas a series televisivas de éxito como aquellas 'Pulseras rojas'. Su genio vital, enarbolado exuberantemente en 'El hormiguero', me ha dejado noqueado a sabiendas que sus tres cánceres sucesivos, la ausencia de una pierna, el pulmón perdido o el hígado hecho trizas le han dado más que lo que le han quitado a su salud tantas desgracias.

Acaba de decirlo: "Vivir es aprender a perder lo ganado". Algo parecido me tenía muy dicho mi compañera en la vida, cuyo Parkinson nos deja perplejos regalándonos una y otra vez oportunidades de oro para no desperdiciar ni un minuto en ambiciones memas o ganancias que no alimentan más que la infelicidad. Ella hizo esta foto. Lo vio claro en plena cháchara lugareña con la señora de la fuente.

Su cerrado acento galego, tan dulce sin embargo, me ha generado, meses después de esa parada estival, la fantasía de una conversación que no fuera tan intrascendente como mi gesto, aparentemente más empeñado en cerrar bien la cantimplora y colgarla en el lugar indicado. Ahora estoy convencido que me decía justo lo mismo que Albert y Carmen: "Rapaciño, vivir es aprender a perder lo que ganaste!".

martes, 14 de mayo de 2019

No sin calzarte mis botas

Elige las que quieras. Ahí las tienes. El zapatero de un albergue del Camino de Santiago es depositario de mucho más que calzado y polvo. Dentro de cada una hay el sudor suficiente como para que hagan llegar al curioso el olor del cansancio, del sufrimiento y hasta de las profundas razones que cada uno tiene para revestir sus pies con ellas protegiéndolos y alentándolos en la marcha.
 
Están ahí las mías y también las de mi compañera en la ruta de la vida. Búscalas. Y aunque no las encuentres hazte a la idea que te las calzas y que, sólo sabiéndote capaz de sentir sus apreturas, podrías acercarte algo a la posibilidad de creerte con el derecho de enjuiciar mi camino. No lo hagas nunca sin el previo ejercicio de ponerte en mi piel, de conocer mis razones.
 
Son fundamentales en el sendero, que tantas veces propone tramos, ocasiones, decisiones y circunstancias tan fácilmente criticables como inútilmente dignas de la menor consideración cuando se constata la falta de contraste, de perspectiva, de escucha de aquellas condiciones que obligan, de predisposición alguna a la empatía o a la compasión, que no es otra cosa que 'sentir con'...
 
Sentarse frente al zapatero de un albergue es una gozada, una experiencia muy recomendable. Están los alegres peregrinos que llegan como si no les pesaran los kilómetros y casi las tiran desde lejos entre risas, los que llegan con la piel manifiestamente curtida por la crudeza de la jornada y también los que ni siquiera se atreven a quitárselas por cómo puedan encontrarse sus pies.
 
Sé benévolo. Pero no dejes de mirar. Sé analista. Pero nunca juez. Sé curioso. Pero siempre capaz de ir más allá de las preguntas que te pasen por la cabeza. Sé testigo de tantas actitudes como la vida genera. Pero jamás fiscal acusador de todo aquello que creíste conocer y de lo que el tiempo terminará demostrando que jamás tuviste ni puta idea. 
 

lunes, 13 de mayo de 2019

Un árbol más?

En el bosque de la vida, la arboleda viene creciendo desordenada. O eso me parece a veces. Y eso no es malo. No en balde los elevados con orden y concierto quedan malparados con la consideración de verse como obra humana. Plantaciones programadas, calculadas, repensadas, calibradas, pautadas para que quede cercenado todo protagonismo para el individuo.

El Camino de Santiago da tantas veces para pensar en ello como esa masa arbórea, entre Caldas de Reis y Padrón, cerquita de la ribera del Umia, nos seduce más por adivinar a la Naturaleza dejando aquí y allá las semillas de la vida sin dictados rigurosamente preestablecidos. Y ello es lo que embarga el espíritu del peregrino. En la ruta jacobea y en la vida.

Retomo la escritura rescatando aquellas imágenes de nuestro pasado verano cuando hemos salido de unos comicios y ya estamos ante otros. Y lo hago cansado de aquellos que se empeñan en pregonar que viene el lobo cuando la diversidad del pensamiento democrático tuerce el morro por diestro y siniestro. Sí, en todos los puntos del espectro hay aspirantes a sentar cátedra.

Pero los árboles crecen buscando la luz allá por donde los otros van dejando hueco. O pugnando con el vecino por el mismo punto en la gran copa común que los colectiviza. Incluso no faltan los que se remangan todo esfuerzo para, sin más espíritu que el de sobrevivir, quedar bajo otros que imponen implacables su sombra. Pero si fuera una opción propia...

A veces se nos olvida que somos poco más que parte de ese bosque en el que la vida bulle. También a veces se nos olvida que, aun en medio de la masa verde, cada uno de sus miembros son individuos con opciones propias ante el mundo. Pese a las oportunidades de la socialización para provecho personal. Y, con todo, yo me voy a negar siempre a ser un árbol más. Salga el sol por donde salga!

lunes, 24 de septiembre de 2018

Volando alto

Y si las experiencias ligeras, las simplemente divertidas, algo huecas aparentemente de provecho personal, también construyen espíritu peregrino, tanto en la ruta jacobea como en la vida? Y si una buena carcajada elevara más que un sesudo ensayo sobre la felicidad?

Si vuelves de la playa y, para el resto de la tarde, te queda, antes de la cena y el descanso nocturno en el albergue, un pasacalles en una Redondela en fiestas que se agarra a las risas y la interactuación entre figurantes y público, pues a disfrutar sin más. Los peregrinos también gozan.

El aviador tenía desparpajo, doy fe de ello. Pero la peregrina le superó cuando se fue para él y lo cogió del brazo. Fue entonces cuando el actor, entrante y con simpatía deslumbrante, fue superado por la visitante. Volar alto es el objetivo siempre. En lo importante y en lo aparentemente secundario.

Y el vuelo de Carmen, tan soñadora como realista, tan fuerte en ese gesto sonriente de la foto como en la crudeza de la sintomatologia, es tan elevado... Ya quisiera la gaviota patiamarela, con la mayor colonia del mundo en las cercanías Islas Cíes o los corvos mariños cristados o los mascatos...

Se vuela con la ilusión puesta en conseguir algo. Se vuela con el empeño puesto en abandonar la zona de confort para ello. Se vuela con el trabajo por alcanzar objetivos. Se vuela cuando empezamos a tener conciencia que el logro es posible. Y se vuela, claro que sí, en el camino sin esperar al destino.

Se vuela en un artilugio móvil con aspecto de triciclo venido a más. Pero se vuela si lo mostramos como todo un pájaro capaz de llevar nuestra alegría desde una calle céntrica de Redondela hasta el confín del mundo. Finisterres vengan para ser conquistados.

Así, el Camino, que ya admite a quienes andan, a ciclistas, a jinetes y hasta marinos a vela (según dónde pongamos la cruz en la credencial) invoque también la concurrencia de gente capaz de volar por los cielos del Campus Stelae que ofreció indicios a los peregrinos medievales.

Volar, como aquel cura lisboeta recreado por Saramago en su famosa novela del convento de Mafra, es elevarse desde el suelo en virtud del artificio mágico que nos lo permita. Pero, sobre todo, es subir desde nuestros supuestos límites, más cacareados que reales casi siempre.

Carmen es tecnología incomprensible (como las raras bolas del eclesiástico para la passarola del relato) que me permite el vuelo necesario, aquél que creyera imposible salvo que me dejara convencer por esta rubia decidida que tengo más poderes que los enarbolados hasta ahora.

Redondela en fiestas

sábado, 15 de septiembre de 2018

Cruceros

Palabras mayores. Eso es, en el Camino, toparse con una de estas referencias de la fe que trajo al Apóstol a España. Y como lo que lo hizo venir a estos pagos fue lo que fue, primero evangelizar y luego la fe de sus discípulos tras su martirio, parece que ello haya de ser reconocido.

En la ruta de cada cual hacia Compostela se cruzan, per secula seculorum, motivaciones ciertas y desmotivaciones sólo superables paso a paso, creencias y ateismos, profundidades y tibiezas, confesionalidades manifiestas y también esas respetuosas actitudes sin fe de fondo.

La universalidad espiritual de este viaje, al ser de cuanto peregrino se procura un camino pleno de verdad, es una legítima heredad cuajada con el paso del tiempo. Y ello, sin que la Iglesia consiga monopolizarlo, es riqueza que ésta también abraza recibiendo a todo hijo de Dios.

Pero el Camino es largo. Si se pone en marcha pronto desde luego, pero además si hacemos de él esa experiencia iniciática que no termina en el Obradoiro. Y, en esa condición de aliento y recordatorio cristiano, son preámbulo de la Catedral de Santiago ermitas, oratorios y cruceros.

Éstos últimos, pétreos monumentos al signo de la Cruz, conectan de modo muy especial con los trasiegos medievales que advirtieron en el origen de las peregrinaciones, incluso como indicaciones en los cruces de camino, de la inspiración primigenia de todas y cada una de las rutas.

De nuestro Camino Francés de hace dos años nos quedan en la memoria, con viveza evocadora, todos los que, entre el de Santo Toribio a la entrada de San Justo de la Vega o la mítica Cruz del Ferro y el preciosista de San Francisco en el mismo Santiago, nos invitaron al detenimiento y la oración.

El reencuentro con ellos en nuestro Camino Portugués ya nos hizo acudir al primero que, en el día de espera y preparación de Tuy, encontramos en la Plaza de la Armada Española. Y lo cierto es que no se buscan. Salen al encuentro con Cristo y María en reconocibles trazas románicas.

Llegando a la preciosa ciudad de Pontevedra, el Lugar de Santa Marina tiene frente a frente, allá por Vilaboa, ermita y crucero. Oración, sello y foto deja y se lleva el peregrino. También un último consejo de ese señor que, desde el lugar del desayuno, no dejó de aparecernos por doquier.

Tomaba café quien luego fue asomando durante kilómetros. Misteriosos encuentros de quien tanto sabía del Camino y, por mucho que avanzábamos, nos abordaba siempre en sentido contrario. Santa Marina acogió su último consejo: "Girad al bosque de la izquierda, os dejará en puertas de Pontevedra".

Una playa en el Camino

El agua se sala en el Camino. La fuente del bosque antes de llegar a Redondela tiene unos efectos especialmente gozosos, como dejamos escrito, pero la de la salida desde la capital del choco en dirección hacia la Ría de Vigo tiene otros. Son menos comunes a los que reconocíamos hasta el momento en la experiencia jacobea, pero también muy satisfactorios. 

Cosas de salir a la ruta peregrina como verdadera esponja. El Camino Portugués del interior es conocido como aquél que roza las Rías Baixas pero no las muestra. Salvo que el caminante disponga de dos habilidades sustanciales: la capacidad de llegar el albergue de pernocta con tiempo suficiente y que la empatía con los lugareños le permita conocer la posibilidad.

En el centro de Redondela, una vez admirados dos viaductos ferroviarios con los que se salva el desnivel en un pueblo ubicado en plena olla entre montañas, tocan otros descubrimientos. Un trenecito, 'Chucuchoco' se llama para que se den la mano el onomatopeya del medio de locomoción y el producto del mar que caracteriza a la localidad, nos brinda el inesperado destino.

A cinco kilómetros está la Ensenada de San Simón, justo al fondo de la ría. A ella se asoma, desde la privilegiada atalaya en que se convierte el monte que la acoge, la parroquia de Cesantes. Sin salir del concello en el que finaliza la segunda jornada de camino damos con su playa. Y nos sorprende por su belleza. El caserío se desparrama desde la arboleda y el mar lo aguarda con dorada arena.

Avanzar en sus aguas es notar que otro bosque despliega vida bajo la superficie. La densidad de sus algas abraza las piernas de estos peregrinos que se atrevieron con el baño sin haberlo previsto en su mochila. Pero no obstó, aunque se asomaron al episodio ciertas miradas de soslayo, para que el Atlántico los recibiera y el baño se consumara como parte de la aventura jacobea.

A la derecha el pueblo y, en el barrido desde el punto que muestra la foto, el recorrido de cuanto emocionó a estos caminantes varados voluntariamente en las arenas de tan espectacular paraje gallego fue ofreciendo el fondo de la ensenada y más tarde, antes del puente de acceso a Vigo que cruza la ría a nuestra izquierda, las islas de San Simón y San Andrés.

Dispares de tamaño, pese a que las dos aparecen como poco más que coquetos navíos disfrutando de la quietud de las aguas, sendos trozitos de tierra abrazados por el mar se muestran, unidos por un pequeño puente, como guardianes de los secretos de una historia cuajada de viejos relatos que hablan los ocupantes de un monasterio, un orfanato y una cárcel.

Una edificación que en la lejanía pareciera un palacio sugerente fue, sin embargo, casa de acogida de unos u otros dependiendo del momento de la historia que consideremos. En la actualidad, San Simón es llamada 'Isla del Pensamiento' y, a ciencia cierta, su actividad cultural es, auditorio y biblioteca de por medio, motivo suficiente para una nueva imagen.

Playa de Cesantes, en la Ría de Vigo

martes, 11 de septiembre de 2018

Agua fresca

El manantial de sensaciones que constituye el Camino de Santiago no se corresponde necesariamente con la permanente presencia de aguadas que calmen la sed del peregrino. Y, sin embargo, haríamos una fiesta en nuestro cálido sur en torno a cualquiera de las apariciones del líquido elemento en estos territorios gallegos en los que, por acostumbrados, no precisan de convertir cualquier fuente en lugar de asueto. Siempre está de algún modo en los paisajes y, refrescando como lo hace sin necesidad de ser arrimada a la boca siquiera, nos transmite el frescor apetecido desde arroyos, caños entre la maleza, ríos o la paleta de variados verdes que colorean estos escenarios.

Sé de alguien que, por tratarse de hombre interesado en estas cuestiones más allá de la personal satisfacción de su sed, se tomó la molestia de hacer el Camino Francés contando desde Sarria la "docena de fuentes naturales (no cloradas) aceptablemente acondicionadas para su uso de boca en todo el camino". Se trata del geólogo Antonio Castillo, curioso de una situación que llama la atención: sólo doce a lo largo y ancho de todo ese itinerario que, hasta Santiago de Compostela, supera el centenar de kilómetros! Muy pocas aunque no todas las que hubieron tiempo ha, antes que muchas fueran incorporadas a la red de abastecimiento y otras, sencillamente, quedarían inservibles.

Un ejemplo que nos llamó la atención a Carmen y a mí en nuestro Camino Portugués fue el de los lavaderos. Tantos de ellos medianamente conservados en lo arquitectónico, incluyendo en no pocos casos alguna indicación con vocación de comunicación de interés turístico, pero prácticamente ninguno abastecido por el agua que un día permitió la puesta a punto de camisas y enaguas. Y sin embargo el agua está ahí, siempre, constante en su refresco visual y sensitivo del caminante, en esta Galicia que enamora por muchas cosas pero de modo especial por el tono húmedo de sus pastizales, cultivos, huertos, setos, sotobosques y, sobre todo, sus bosques.

La espesura de la arboleda nos envolvía cuando comenzábamos a dejar de escuchar los zumbidos de los aviones que despegaban o aterrizaban en el aeropuerto de Vigo. Otro Padrón previo al que aguardamos en la última pernocta antes de alcanzar Santiago este año, más pequeño que el de Rosalía y Cela, más discreto que el que custodia el pedrón donde dice la leyenda fue amarrada la barca que trajo los restos de Apóstol a estas tierras, queda a nuestra izquierda. Es ya el concello de Redondela. Y, de hecho, en cuanto saliéramos de aquel bosque y se nos abriera la olla en la que se encuentra ubicado, comenzaríamos a sentir que el mar no esta lejos.

Pero el bosque tenía para nosotros una sorpresa. La que más pudiéramos ansiar en ese momento. El agua. El sol estaba a punto de colocarse en todo lo alto. Las temperaturas que amenazaban nuestra ruta desde fechas antes de comenzar en Tuy se estaban cumpliendo y el pegajoso calor gallego atizaba. Y, bebiendo pero sin que fuera ello lo sustancial, un mínimo claro en la arboleda, el justo para mostrar una terminación pétrea para evidente uso humano, nos refrescó como apetecíamos. Descalzarse en el Camino es, especialmente cuando el sitio parece haberse diseñado para ello, lujo de los que algunos gustan denominar asiático. Ahí está, para gozo de caminantes y sorpresa en puertas de Redondela.

Ésta es agua que se vierte sobre redondel de piedras de granito que hacen plato para que no se encharque el paraje. Agua perfectamente conducida por un canal con trazas de abrevadero cuyo extremo chorrea la vida misma sobre los pies cansados. Agua fría, agua limpiadora de sudores pero también de auras prestas a entrar en la localidad de pernocta habiendo recibido abluciones certeras y proporcionando ánimos adecuados. Redondela nos espera, sabe qué nos ofrecerá y que dispondremos de horas suficiente para disfrutarlo todo. Ha sabido salirnos al paso como hospitalero cabal, para que la actitud del peregrino sea la mejor en esa tierra que nos asomará a la Ría de Vigo. Ésa será otro agua.


Fuente en pleno bosque, a pocos kilómetros de Redondela