Siempre te pido, Señor, que me ayudes en la oración. Hoy me has llevado a la parroquia del Apóstol sin más motivo que mi falta de previsión para ir a Santa Ana como suelo. Aún no sabía que era un regalo tuyo. Para que me encontrara con quién, con tanta espontaneidad como torpeza aparente, apareció rompiendo el silencio ante al Santísimo.
Y pusiste a prueba mi escasa humildad. Y me molestó su voz hasta que me quedé mirando su sencillez y agradeciéndote su testimonio. Creo que su volumen se debe a alguna sordera sensorial porque su capacidad de escucha de tu voz me pareció mayor que la mía. Así fue como mi oración ganó conexión contigo. Creo. Sigue ayudándome.
"No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido". Y enlazó, como parte de una misma oración, su gratitud por curarle a su mujer y algunas otras cosas más que ya no escuché bien. Pero más que por mi pudor porque su voz se fue apagando aunque no su alma orante. ¿Será esa maravillosa humildad el cielo que me tienes prometido?