lunes, 15 de agosto de 2011

El casco urbano mantiene animales de granja en zonas densamente pobladas

Foto de Eva Lindberg
No es igual tener un par de pollos en el patio de una vivienda que una vaqueriza o un corral de ovejas junto a un núcleo residencial. En cualquier caso, es cierto que la presencia de animales de granja en el casco urbano persiste a día de hoy. Y se mantiene batallando a veces entre alguna ambigüedad normativa o la demora concedida para la desaparición de una explotación ganadera y las protestas vecinales que en ocasiones solo acallan el cansancio por la falta de respuestas.
Tras el compromiso de desaparición del lugar desde que la urbanización naciera en la zona este en 2001, el caso de la granja avícola que Afanas tiene en La Marquesa es llamativo referente de este tipo de molestias de semejante contacto de las vidas rural y urbana. La entidad sin ánimo de lucro, que la creó para facilitar la inserción laboral de sus asistidos, mantiene las instalaciones que dan a los patios de las casas de las calles Castillo de Gigonza y Castillo de San Romualdo.
En días de viento, el olor y otras molestias agitan a los vecinos. Las quejas no son nuevas pero, aunque resucitadas en la última campaña electoral por algún partido, la «usurpación de terrenos» de la que acusan al proyecto de la Ciudad de los Niños le quitó protagonismo a los pollos de Afanas en una inquietud de los vecinos que no por ello cesa.
También los del Pago de San José, con viviendas próximas a las cuadras de la escuela hípica del Club Nazaret, han mostrado tiempo atrás protestas por una proximidad que consideran molesta. Pero también aquí aparecieron problemas (las antenas de telefonía u otros conflictos urbanísticos) que vinieron a solapar aquél otro que persiste acallado en estos momentos.
Un ejemplo más se encuentra en La Pita. Pollos, pavos, patos y, como asegura algún vecino, hasta algunas ovejas, habitan unas instalaciones rodeadas por una promoción de viviendas sociales de Emuvijesa, las casas tradicionales de la barriada y las más actuales unifamiliares de un núcleo residencial igualmente cercano. Un vallado especial que casi oculta la actividad interior es signo de un cierto aislamiento deseado por estos otros vecinos.
Otra cosa son las explotaciones ganaderas que, aunque sorprendentemente mantenidas durante algún tiempo en lugares de vida ya urbana, sales ya del casco urbano. Son fundamentalmente vaquerizas que es fácil encontrar en la carretera de Arcos o en las proximidades de núcleos de origen rural como la pedanía de Guadalcacín que, sin embargo, ostentan ya un volumen de población digno de ser tenido en cuenta.
Sin censo en el Ayuntamiento
Desde la delegación de Medio Ambiente se asegura no disponer de un censo de este tipo de presencias animales. Y lo hacen cuidándose de especificar si se habla de granjas o de criaderos así como que «está permitido tener en casa gallinas, pavos o ese tipo de especies al considerarse domésticas». Por lo que se refiere a las vaquerizas existentes en las afueras, reconocen tener el cometido de «velar por el hecho de que los excrementos no lleguen a cauces de agua pública».
La Ordenanza Municipal de Tenencia de Animales es, en cualquier caso, la herramienta que lo regula. Estipula que esta presencia en el casco urbano «quedará acondicionada a que las circunstancias de su alojamiento, a la adecuación de las instalaciones y al número de animales, tanto en el aspecto higiénico-sanitario como en la inexistencia de incomodidades, molestias o peligro para los vecinos y siempre y cuando se consideren animales de abasto». Poca precisión aporta.
Es, de otro lado, la oficina comarcal de la Delegación Provincial de Agricultura la que se encarga (y lo avisan instancias municipales) de velar por la higiene y reglamento de casos específicos entre los que el Consistorio recuerda la granja de Afanas en La Marquesa. Pero allí siguen las aves como en otros lugares animales que, mientras tanto, siguen creando molestias.
Los Siete Pinos y Chapín, desmantelamientos que dejan rastro
El urbanismo jerezano, ayudado por la crisis inmobiliaria que paraliza la ocupación de parcelas interesantes como zona residencial, mantiene aún el rastro dejado por algunas de las últimas explotaciones ganaderas que abandonaron nuestras calles. Ya no están los animales pero estuvieron hasta hace muy poco y, además, han quedado los restos de establos u otras instalaciones en lugares hoy en día tan urbanos como la avenida Lola Flores, junto al estadio Chapín, o antes de llegar a la barriada de La Granja, en lo que siempre se llamó Hijuela de los Siete Pinos.
«Queda terminantemente prohibido en lo sucesivo el establecimiento de vaquerías, establos, cuadras y corrales de ganado y aves dentro del núcleo urbano de las localidades de más de 10.000 habitantes y que no sean esencialmente agrícolas o ganaderas», dice el Reglamento de Actividades Molestas, insalubres, Nocivas y Peligrosas en vigor. Este texto contempla tanto la prohibición de implantación nuevo como la desaparición de estas actividades del casco de las poblaciones en un plazo de diez años. Pero se ha dejado correr el tiempo en muchos casos llegando hasta nosotros ejemplos como los dos mencionados. Ahora es en el extrarradio (la salida hacia Arcos) donde se observan desmantelaciones.
(La Voz, 15-Agosto-2011)

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